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Salud Mental y Trabajo: Una Pandemia Silenciosa que Debemos Atajar

De un tiempo a esta parte, la salud mental ha dejado de ser tabú para convertirse en una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad. A menudo olvidamos que el lugar donde pasamos la mayor parte del día —nuestro trabajo— es uno de los factores que más influyen en nuestro bienestar emocional. Los datos son alarmantes y nos obligan a reflexionar sobre cómo estamos trabajando y qué precio estamos pagando por ello.

Las cifras de una crisis creciente

La realidad es incontestable: en 2024 se registraron en España 671.618 bajas laborales por trastornos mentales y del comportamiento, lo que supone un incremento del 136 % desde 2016. No se trata solo de números; son cientos de miles de personas sufriendo ansiedad, depresión o estrés agudo.

Es especialmente preocupante la brecha de género: el 64 % de estas bajas afectan a mujeres. Ellas suelen ocupar puestos con mayor precariedad y, además, soportan mayoritariamente la carga de los cuidados fuera del entorno laboral, lo que genera una “doble jornada” demoledora para su salud mental.

¿Por qué nos enfermamos en el trabajo?

Aunque tradicionalmente se ha pensado que los problemas mentales eran “asuntos personales”, la evidencia demuestra que las condiciones laborales son determinantes. Entre los principales factores de riesgo identificados destacan:

  • La precariedad e inseguridad: el miedo a perder el empleo aumenta un 61 % las posibilidades de sufrir depresión. Se estima que en 2022 podrían haberse evitado 170.000 cuadros depresivos si no existiera la precariedad laboral.

  • La sobrecarga y el tiempo: España es el sexto país de Europa con mayor presión de tiempo y carga de trabajo.

  • El trato con el público: los sectores de comercio, hostelería, sanidad y educación presentan el mayor número de bajas. La exposición a abusos verbales o violencia por parte de clientes o usuarios es un riesgo real y constante.

  • La era digital: la conectividad permanente y el control a través de algoritmos están generando nuevas formas de estrés y la imposibilidad de “desconectar” realmente.

El problema del “infrarreconocimiento”

Uno de los puntos más críticos en la actualidad es que, a pesar de que las bajas por salud mental no paran de crecer, apenas se reconocen como contingencia profesional (accidente de trabajo o enfermedad profesional). En 2024, solo el 0,21 % de estas bajas se tramitaron como de origen laboral.

Esto significa que el problema se deriva al Sistema Público de Salud, que ya está saturado, y que las mutuas apenas cuentan con recursos especializados: en toda España, las 18 mutuas solo suman 70 psicólogos y 16 psiquiatras para atender a millones de personas trabajadoras. Si no se reconoce que el trabajo es el causante del daño, el riesgo sigue presente en la empresa y nada cambia.

¿Qué podemos hacer?

Ante esta situación, el delegado o delegada de prevención debe actuar acompañando al servicio de prevención ajeno en la identificación y evaluación de riesgos, promoviendo la participación, exigiendo medidas correctoras y de mejora —como una mejor organización del trabajo, formación, equilibrio entre vida laboral y personal y flexibilidad—, negociando convenios con cláusulas psicosociales y canalizando la información para implementar acciones preventivas y correctivas.

Asimismo, las empresas deben negociar con las personas trabajadoras protocolos específicos contra el acoso, el estrés y, de forma vital, contra el suicidio.

En beneficio del conjunto de las personas trabajadoras, sería necesaria una actualización del listado de enfermedades profesionales en la que el estrés, la ansiedad y la depresión fueran reconocidos como tales.

En definitiva, cuidar la salud mental en el trabajo no es un privilegio, es un derecho de todas las personas trabajadoras.

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